jueves, 5 de febrero de 2009

Viaje a India - 5 de febrero

Cansancio



Me costó levantarme, no tenía muchas ganas de volver al Workshop. Retomamos la rutina, escuchamos horas y horas de discusión. Creo que fue el primer día que intervine para hacer una pregunta. En los anteriores había estado observando y entendiendo la dinámica, pero preferí participar para que conocieran mi voz antes de la exposición. Este día se me hizo el más largo.



A la tarde Sabina expuso su trabajo y lo discutió Bodhi. Estaba un poco nerviosa y no la pasó muy bien, pero –contra sus propias percepciones- la exposición no estuvo mal. Al día siguiente terminaba el Workshop y además me tocaba exponer a mí. Esa noche preparé mi speech, intenté ensayarlo para ajustarlo a los 20 minutos de exposición y armé un power point. Dormí temprano y bien.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Viaje a India - 4 de febrero

Free day

No nos gustó enterarnos en el desayuno que el día libre no era tan libre. Nos sugirieron (de una forma bastante coercitiva para ser sugerencia) que subiéramos de a cuatro personas en un taxi que nos llevaría a recorrer algunos puntos interesantes de Shillong y alrededores. El tour fue de menor a mayor, y mi humor también. Fui a uno de los que peor le cayó que no nos dejen libres, no tenía ninguna intención de que me paseen como un turista japonés. Selda se ocupó de mejorar mi día a base de bromas y comentarios cariñosos. Eso, con el paso de los días, se convirtió en una dinámica tan clara como inconciente: cuando uno se ponía mal, el otro salía a rescatarle el momento, y así sucesivamente, unos con otros, nos turnábamos.




El primer “punto turístico” fue el peor de todos: un view point que quedaba en Lummajneh, un área militar. Las fuerzas armadas están muy presentes en esa región por los conflictos de India con sus vecinos, China y Bangladesh. No sólo me molestó tener que entrar a una zona militar: además me resulta sumamente molesto que me definan desde donde tengo que apreciar algo, sea una ciudad o un lago. Creo que tenemos derecho a la mirada y a construir nuestro propio paisaje. Para entrar nos pidieron pasaporte, yo no tenía el mío pero nos dejaron pasar igual. Se escuchaban estruendos de un polígono de tiro. Pedí permanecer en ese lugar el menor tiempo posible, nos quedamos unos quince minutos y salimos para el segundo lugar: Elephant Falls.

En el camino veíamos las áreas rurales de la zona, que es bastante árida, y se veía la tierra arada, en desnivel, con una técnica que hace cortes escalonados que le dan un aspecto muy simpático.









Elephant Falls era un lugar más agradable que el anterior, pero tampoco lo hubiera elegido por motus propio. Un río, unas cascadas y eso era todo. Yo estaba ansioso por ir al centro de la ciudad, a ver esos mercados, esa gente que transitaba, ese frenesí. Volví a respirar para aguantar la segunda escala con paciencia. Caminamos por un sendero, vimos dos o tres cascadas, sacamos fotos y volvimos al taxi. Cada lugar de esos te cobrara para entrar y un plus si querías ingresar con cámara de fotos.

De ahí fuimos al tercer punto, que me gusto mucho más: Lady Hydari Park, un parque bastante concurrido por familias y enamorados. Un pequeño indiecito se nos acercó corriendo cuando vio que sacábamos fotos y nos preguntó quiénes éramos. El padre vino atrás y nos preguntó de dónde veníamos. En un asiento, un chico abrazaba a una chica. Ella usaba jeans. Esos gestos, como expresiones de cariño a las mujeres o uso de jeans, no son habituales entre los que respetan las tradiciones, que son la mayoría. Parecían de India, pero no debían ser hinduistas. Un grupo de mujeres meditaba en ronda junto al lago. Y nosotros recorríamos el parque contemplando la fauna humana y animal.


De allí nos dirigimos (¡por fin!) al centro de Shillong. Almorzamos, para variar, en el restaurante de un hotel y salimos a recorrer los bazares. Compramos ropa de seda, condimentos, té y artesanías en madera.










Diana entró a una farmacia homeopática y compró un remedio para la gripe. En un momento dejamos de comprar y nos dejamos llevar por la marea humana. Cada tanto nos perdíamos, cada tanto nos reencontrábamos.




A las 6 nos juntábamos todos en el taxi para volver a la universidad. Compramos antes un poco de fruta para compensar lo que serían otros dos días de comida picante. Volvimos, cenamos temprano en el guest house y fuimos a dormir.

martes, 3 de febrero de 2009

Viaje a India - 3 de febrero

Party time

En la sesión de la mañana nos anunciaron que a la noche tendríamos una fiesta en Shillong. Es que al día siguiente, miércoles 4 de febrero, teníamos el día libre y podíamos dormir más. Entonces, como varios de los participantes tenían planificada su vuelta antes, o poco después de finalizado el Workshop, prefirieron hacer la fiesta esa noche. En las sesiones no pasó nada destacable: discutimos algunos textos sobre cultura del placer y del consumo urbano, y expuso su trabajo Orli.













Al término de las sesiones salimos directamente para Shillong. La cena estaba prevista en el lugar de la fiesta. Nos subieron a todos en un ómnibus y nos dejaron en un hotel que tenía en el segundo piso un restaurant y en el tercero una suerte de lugar de fiestas con una vista muy bonita. Nos trataron como reyes, ofrecieron todo tipo de tragos (yo tomé absolut con agua tónica toda la noche). Algunos profesores se relajaron más, otros menos.











Además de los tragos, estaba dispuesta una mesa repleta de comidas, que nadie se animaba a encarar. Tomamos la iniciativa, creo que con Sabina y poco a poco se fueron sumando todos. De entrada servían una mushroom soap realmente estupenda. Los platos principales no eran muy diferentes a los que veníamos comiendo en la universidad, pero esa entrada y un postre del estilo de la Creme Brûlée le dieron a la cena cierto toque de distinción. Algunos profesores insistieron en poner música, pero nadie bailó. Nos subimos nuevamente al ómnibus y volvimos escuchando unas canciones de Rock & Roll local (Shillong es considerada la capital del rock indio). Bodhi y uno de los choferes encabezaron una danza que animó el viaje.


Selda cantó una canción turca, Diana una canción colombiana, los brasileros cantaron bossa nova y a mi me pidieron un tango, que no canté. Cuando llegamos, pidieron que contáramos “la canción del Che Guevara”: como algunos me acompañaron, ahí no me resistí. Aprendimos a quererte…

lunes, 2 de febrero de 2009

Viaje a India - 2 de febrero

Una noche en Shillong

Me levanté un poco más tarde, pero no mucho, algo después de las 5 de la mañana. Atig me propuso ir a tomar un té, en unos de los portones de entrada a la universidad. Era un lugar muy agradable, la casa de una señora que servía té y café para los locales. Aprendí a agradecer en hindi (shukrya). Volvimos y fuimos al desayuno formal con los demás.




La intensidad de la rutina del primer día ya nos inquietaba durante el segundo. Pero habíamos ganado confianza entre los participantes internacionales, y comenzamos a comentarlo a voz baja. Así empezamos a murmurar, por diferentes canales, la idea de salir esa noche para Shillong. Queríamos conocer un poco el mundo. La iniciativa estuvo liderada por Selda, una investigadora de Turquía, y por mí mismo. A la tarde expuso Diana, a la noche nos ausentamos de la cena y salimos para Shillong. Se sumaron los brasileros, Sabina, Diana, Atig, Orli (una chica de Sudáfrica) y un pequeño grupo de colegas de India. Fuimos a tomar un taxi afuera del campus, nos distribuimos en tres grupos y salimos para el centro de Shillong.


En Shillong hay dos áreas de compras y todo transcurre en las calles. La gente se amontona para comprar y vender, es difícil hacerse lugar para caminar o transitar en vehículos. Al igual que Calcuta, todo es acompañado por el ruido de los motores viejos y por la sinfonía de bocinas, aunque aquí era notable la menor cantidad de smog. Se podía respirar bien. Pasamos rápido por unas callecitas plagadas de puestos de venta de frutas, verduras, pescados y otras carnes, básicamente pollo y cordero.






Fuimos directo a un hotel bastante lindo que tenía un “restaurant internacional”. Eso quiere decir, casi sin excepciones, que el menú incluye tres tipos de cocina: india, china y continental. La culinaria india usa, en general, bastante picante, y en particular en el noreste se usa mucho chile. Queríamos cortar un poco con esa comida, así que casi todos pedimos comida continental. Yo pedí unos crepes con salsa de tomate (que aún así estaba picante) y para el postre me incliné por una opción japonesa, que consistía en unos flocos de miel secos con helado de crema.

Estuvo muy bien. India es un país barato para los argentinos o los brasileros, Calcuta es una ciudad bastante barata dentro de India y Shillong es aún más barato que Calcuta. Para que tengan una idea: ese restaurant era una de las opciones más caras y comimos (con bebidas y postres incluidos) por 6 dólares aproximadamente. Satisfechos por la relación entre costo y beneficio, y por haber escapado un poco a la rutina académica, volvimos a nuestras casitas y dormimos mejor.

domingo, 1 de febrero de 2009

Viaje a India - 1 de febrero

The Workshop


El primer día en Shillong me levanté a las 4 de la mañana, todavía pesaba la diferencia horaria. Hacía muchísimo frío y me bañé de mala gana. El día anterior había preguntado en qué dirección podía ir a correr a la mañana, entre el desayuno y el inicio de las actividades. Me dijeron que vaya para un lado, porque para el otro podía toparme con algún rinoceronte. “No hay problema”, les respondí, “no les tengo miedo”. Creo que era una broma, pero obviamente no fui a correr ni un solo día.




Desayunamos y comenzó el Workshop. Hubo una rápida presentación general, una serie de disculpas sobre la accomodation, que no llegué a entender del todo. Parece que hubo un desencuentro entre las autoridades de la universidad y los organizadores, que son del Centre for Studies in Social Sciences de Calcuta. Sé que algunos estaban bastante disconformes con las habitaciones, para mí estaban bien. Todos los días cumplimos la misma rutina, que con el tiempo se fue haciendo demasiado aburrida. Desayuno, una sesión matinal de discusión de textos, break, té de media mañana, segunda sesión, break, almuerzo, sesión de la tarde de discusión de nuestros trabajos, break de merienda, última sesión del día, cena y a dormir. Fue realmente muy intenso.


En el almuerzo, por primera vez, me detuve a observar cómo comían. Salvo en los restoranes internacionales, colocan en la mesa un tenedor y una cuchara, pero no cuchillo. Sirvieron varios platos con Roti (también llamado Pan Naan), una suerte de tortilla parecida al pan árabe, y varias vasijas con diferentes curries, casi todos picantes, algunos vegetarianos –a base de legumbres- y otros con pollo, carne de cerdo o pescado. Usan la cuchara para servir esos curries en el plato, sobre el Roti o a un costado. El tenedor lo usan para servirse algunos vegetales crudos que siempre acompañan esas comidas, básicamente una cebolla violácea, pequeña y muy picante, que comen con especial devoción. Cortan el Roti con la mano derecha y no tocan con la izquierda nada de lo que comen. Por costumbre y por motivos higiénicos, usan la izquierda exclusivamente para otra cosa, que no voy a comentar porque estamos hablando de comida. En la sesión de la tarde, la primera exposición fue de uno de los latinoamericanos, Marcelo Abreu, que estuvo muy bien. Después, como siempre, cenamos.

sábado, 31 de enero de 2009

Viaje a India - 31 de enero

North-Eastern


Mientras los cuervos gritaban, me dediqué a leer un poco y luego a escribir este diario. A las 6 am paré para bañarme y pasé a la sala donde se servía el desayuno (café, dos huevos, dos rodajas de pan y manteca). A las 7.30 salimos de nuevo para el aeropuerto de Calcuta. En las calles, los bengalíes barrían sus veredas con movimientos rápidos y frenéticos, usando un puñado de hojas de palmera, secas y atadas, lo que los obliga a agacharse más que en el uso de nuestras escobas.

El sol comenzaba a sentirse más, siempre filtrado por la bruma de la niebla mezclada con smog. Llegamos al aeropuerto e hicimos una suerte de check-in que nos dejó bastante intranquilos, porque no recibimos a cambio ningún papel que dejara constancia de la entrega de maletas. Sei lá…




Necesitábamos comprar rupias, pero no había casa de cambio en la terminal de vuelos domésticos. Tampoco había conexión interna con la parte internacional, así que tuvimos que salir del aeropuerto y bordearlo. Ahora el policía no quería dejarnos salir. Nos costó unos cinco minutos convencerlo (mi impresión es que terminó cediendo por cansancio), y lo mismo tuvimos que hacer en la terminal internacional para entrar sin pasajes. En India, al fin y al cabo, todo es negociable. Compramos rupias y volvimos a la otra terminal. En el camino nos custodió una vaca, mientras un policía – que parecía un francotirador- apuntaba con un rifle hacia un punto fijo por el que inevitablemente debíamos pasar, cada vez. Las calles y los lugares públicos de India están bastante militarizados desde el atentado en Mumbai. Diana me confesó que ella, como colombiana, estaba acostumbrada a ese tipo de cosas. Yo no.

Mientras esperábamos la hora de embarque, compramos unos pasajes aéreos para asegurarnos el viaje a Delhi, a la vuelta de Shillong. En la puerta de embarque nos encontramos con un grupo de profesores del Centre for Studies in Social Sciences de Calcuta, que viajaban con nosotros. El vuelo salía a las 10 y era en Jet Airways, una aerolínea local (la mejorcita de las cuatro que usé en India). Demoró, más o menos, una hora hasta el aeropuerto Gopinath Bordoloi de la ciudad de Guwahati. Es que no íbamos directo a Shillong, no tiene aeropuerto. El más cerca esta en Guwahati, que queda en otro estado, a unas 3 horas en automóvil. Otra alternativa es volar hasta Guwahati y de ahí tomar un taxi-helicóptero hasta Shillong. No era una opción carísima, creo que un profesor que viajó solo en otro vuelo lo hizo, pero a nosotros nos llevaron en dos camionetas.




En el viaje atravesamos el estado de Azara hasta llegar a Meghalaya, otro estado del cual Shillong es la capital. Paramos en un kiosco en la ruta para comprar agua y algo para comer en el viaje. Era un puesto rojo, chiquito, parecido a nuestras casillas de venta de diarios. Letreros de Nestlé en inglés se mezclaban con publicidades en hindi, mientras las típicas papas fritas de pepsico snack asomaban entre una canasta de huevos y un pequeño santuario con los dioses hindúes. La ruta se hacía lenta porque estaba plagada de camiones.


Exceptuando el asfalto de la ruta, todo lo demás eran caminos de tierra rojiza. Esa zona está poblada por distintas comunidades que mantienen relativamente sus costumbres y sus lenguas. La colonización inglesa no fue muy efectiva allí. Paramos en la mitad del camino para almorzar y probé por primera vez la comida del noreste, que disfruté mucho porque aún no había pasado una semana entera comiendo casi lo mismo.

Continuamos. En las rutas, los indios no manejan mucho mejor que en las ciudades. En Calcuta había percibido que todos los autos tienen marcas de choques, sobretodo pequeñas marcas en los laterales. Se choca con bastante frecuencia, no suelen ser situaciones muy graves: desde dentro del auto los conductores se insultan durante unos minutos, parando el tránsito mientras todos los que están detrás tocan bocina y también insultan. Pero no hacen ningún tipo de ritual formal de intercambio de datos, patente, póliza de seguro, ni nada de eso. Simplemente se insultan un momento y continúan. Vi varios de esos choques, y me tocó vivir dos en carne propia. En el primero me asusté un poco, en el segundo ya no. En las rutas, en cambio, la cosa es más grave. Percibimos eso rápidamente en el camino de Guwahati a Shillong. Después del almuerzo estábamos comentando lo mal que manejaban en las rutas y lo extraño que nos resultaba que no chocaran. No habíamos terminado de discutir ese tema entre los latinoamericanos cuando la respuesta se nos impuso de un modo bastante brusco: un camión cruzado en la ruta, una moto desparramada en la acera y un cadáver de una mujer entre la moto y el camión. No volvimos a tocar el tema por varios kilómetros.




Unas horas más tarde llegamos a la North-Eastern Hill University, previo paso por la ciudad de Shillong. Estaba cayendo el sol sobre el lago. Ahí nos enteramos que ni siquiera estaríamos en Shillong, sino en un campus ubicado a unos pocos kilómetros, en medio de un bosque muy bonito. El auto se detuvo en la New Guest House y nos explicaron que debíamos separarnos. Sabina y Diana tendrían una habitación allí, a nosotros nos llevaban a unas cabañas que quedaban más cerca del Seminar Complex (donde se realizaba el Workshop, los desayunos, almuerzos y cenas). Nuestra ubicación era mejor, porque la distancia era fácilmente caminable y teníamos más libertad de ir y venir a cada rato. Shillong era un lugar de montaña, estábamos en pleno invierno y hacía bastante frío. Las cabañas eran también frías, pero estaban bien. Supe que me habían asignado como roomate a Atig Ghosh, un historiador de Calcuta que está haciendo el doctorado en el Colegio de México. Me bañé, fui a cenar, pero no estuve mucho tiempo. Nos fuimos todos a dormir temprano.



viernes, 30 de enero de 2009

Viaje a India - 30 de enero

Calcuta

En la sala de espera del aeropuerto de Dubai nos reunimos cinco “invitados internacionales” del Workshop de Shillong: dos historiadores brasileros (uno paulista, el otro carioca), Sabina (una socióloga argentina que vive en París), Diana (colombiana, de Bogotá, pero vive en México) y yo. Nos subieron al avión a las 3 am, pero no despegó hasta las 7. Había mucha neblina y esperaron que amanezca. Eso supuse, porque nadie dio explicaciones. El vuelo a Calcuta fue en un avión mediano con abrumadora mayoría de hindúes. A mi lado se sentó un señor que en el desayuno tomaba una medida de whisky con una lata de cerveza, mezclados. Pidió unas cinco veces eso y entretanto erutaba con frecuencia. Conmigo era simpático. Yo trataba de serlo también. El desayuno fue fuerte, con una base de papas a la mostaza y unos vegetales cocidos, bastante picantes. Se acercaba Calcuta, se acercaba la India, el paraíso de los condimentos, el lugar de los millones de olores.


Llegamos a Calcuta cerca del mediodía. Desde el avión lo único que llamaba la atención era la densa capa de smog que cubría la ciudad. Cuando aterrizamos, los bengalíes se desesperaban por salir de sus asientos y las azafatas se desesperaban por controlarlos. Si una terminal de ómnibus de alguna ciudad argentina mediana – supongamos - tuviera la infraestructura del aeropuerto de Calcuta, creo que sería calificada como mediocre y atrasada. Pero esos calificativos no caben en la India. Si venís con planes de realizar un viaje, India ofrece millones de posibilidades, si tenés planes de hacer turismo, mejor apuntá para las Islas Maldivas o tomá un vuelo directo a New Delhi y visita el Taj Mahal con una agencia internacional. No tendrás ningún tipo de inconvenientes, ni te acontecerá nada impredecible. Pero no habrás viajado a la India.


Pronto entenderíamos que habíamos pasado, sin escala y sin anestesia, de una de las ciudades más ricas del mundo a una de las más pobres. Afuera del aeropuerto nos estaba esperando, desde hacía más de 3 horas, Kamalika Mukherjee. El recibimiento de ella nos anticipaba algo que nos iba a acompañar en toda la estadía en West Bengal: no tengo ninguna duda al escribir que nunca antes, en ningún lugar que visité, vi algo parecido a la cordialidad y la hospitalidad de los indios. Era difícil, para mis esquemas, entender cómo las mismas personas que se pisoteaban entre ellas para pasar primero, luego mostraban una cortesía inagotable. Kamalika nos indicó que había dos autos esperándonos y los chauffers nos quitaron las maletas de las manos. Una discreta multitud se amontonaba esperando la salida de sus familiares, probablemente varios de ellos trabajen y vivan en Dubai. Esa ruta (asimétrica, claro) es bastante fluida.
Primer viaje en automóvil: el vínculo entre lo que recibíamos por estimulación sensitiva, nuestra capacidad de procesar racionalmente esos datos y de expresarlo en palabras, se quebró por completo. Compartí ese viaje con Diana y Sabina, pero apenas cruzamos alguna frase. No era miedo al tránsito: es verdad que subirse a un vehículo en Calcuta no es una experiencia apta para los que sufren mucho del vértigo, como advierten todas las guías de viajero, pero no es ni más veloz ni más arriesgado que subirse a un ómnibus en Rio de Janeiro, a lo que lamentablemente ya estoy acostumbrado. Manejan, eso sí, muy diferente. El conductor (sentado del lado derecho, a la inglesa) usaba la bocina todo el tiempo. Es que todos usan la bocina todo el tiempo, en cada esquina, cada vez que se aproximan a otro auto, como una forma de decir córrete, déjame pasar, cuidado, como una forma de insultar por alguna mala maniobra. Y al mismo tiempo no dicen nada, porque cada bocinazo se confunde en una sinfonía a la que se le suma el ruido de los motores y los gritos. El parque automotor está compuesto en su gran mayoría de autos viejos, por lo cual ese ruido llega a ser casi insoportable.
Si nuestros oídos estaban saturados, no era diferente la suerte de la vista y del olfato. En el largo trayecto que nos condujo hasta el lugar en el que dormiríamos, las imágenes pasaban caóticamente: los viejos taxis amarillos (todos Ambassador Clasic 1500, de Hind Motors) se alternaban entre ómnibus superpoblados, bicicletas, carretas a tracción humana y peatones. En vano las calles están saturadas de carteles de la Kolkata Traffic Police, pidiendo respeto a las normas de tránsito o prohibiendo el uso de las bocinas. Ropas de todos los colores colgadas en la calle, mujeres lavando ropa en la acera de los ríos, las vacas sagradas tomando agua de esos mismos ríos, basura y contaminación por donde se mire, perros flacos y muchos cuervos.
De plumaje negro y movimientos aparatosos, los cuervos abundan como las palomas en las ciudades occidentales. Parecen como adaptados al ritmo y al temple de Calcuta, son llamativos y perseverantes, gritan mucho y se disputan entre ellos los restos de la basura que pueden significar algún alimento. Si hay algo que uno no puede decir es que desentonan con el paisaje.

Atravesamos casi toda la ciudad, hacia el sur, hasta llegar a la casa en la que pasaríamos esa noche. El lugar, que ahora pertenece a un instituto de ciencias sociales, era la residencia familiar de un historiador hindú, Jadunath Sarkan. Una casa enorme, de varios pisos, que fue donada por su mujer y aún conserva intacta algunas partes, entre ellas su biblioteca. Nos acomodaron en tres cuartos, yo fui el único que recibí uno individual. Kamalika vino hasta mi cuarto y me explicó cómo funcionaban algunas cosas. Si no le entendí mal (aún no estaba completamente habituado al inglés hindú), pidió disculpas porque el cuarto no tenía las comodidades a las que supuestamente estaba acostumbrado. Yo no supe articular una respuesta que expresara lo poco que me importaba en ese momento el confort y lo mucho que estaba agradecido por el trato. No sé si me entendió. Me explicó que en 25 minutos debía estar en la sala para ir a comer.
Me bañé al estilo hindú, tirándome agua encima con un recipiente que servía para eso y salí. Nos llevaron a un restaurante muy bueno para probar la culinaria bengalí. Comí Gushtaba (unas deliciosas albóndigas preparadas en una salsa de yogurt), Tandoori y Kababs. Al terminar nos sirvieron una marmita con agua tibia y una rodaja de limón, que se usa para limpiarse las manos, y comimos anís.


Salimos, fuimos a caminar un poco, recorrimos un Oxford Bookstore… pero estábamos muy cansados. Al otro día, debíamos juntarnos a las 6 de la mañana para desayunar, antes de salir hacia el aeropuerto para tomar un vuelo hasta Guwahati, en el estado de Meghalaya. No había apuro, sabíamos que íbamos a volver a Calcuta. Resolvimos entonces irnos a la casa para dormir. Caí en la cama, muerto de cansancio. A las 4 de la mañana me levanté de repente y no pude dormir de nuevo, era el maldito jet-lag, del cual no me recuperaría hasta el tercer o cuarto día. A la noche, tarde, cuando las bocinas de los autos desaparecen casi por completo, perduran los gritos de los cuervos.