En la sesión de la mañana nos anunciaron que a la noche tendríamos una fiesta en Shillong. Es que al día siguiente, miércoles 4 de febrero, teníamos el día libre y podíamos dormir más. Entonces, como varios de los participantes tenían planificada su vuelta antes, o poco después de finalizado el Workshop, prefirieron hacer la fiesta esa noche. En las sesiones no pasó nada destacable: discutimos algunos textos sobre cultura del placer y del consumo urbano, y expuso su trabajo Orli.
martes, 3 de febrero de 2009
Viaje a India - 3 de febrero
En la sesión de la mañana nos anunciaron que a la noche tendríamos una fiesta en Shillong. Es que al día siguiente, miércoles 4 de febrero, teníamos el día libre y podíamos dormir más. Entonces, como varios de los participantes tenían planificada su vuelta antes, o poco después de finalizado el Workshop, prefirieron hacer la fiesta esa noche. En las sesiones no pasó nada destacable: discutimos algunos textos sobre cultura del placer y del consumo urbano, y expuso su trabajo Orli.
lunes, 2 de febrero de 2009
Viaje a India - 2 de febrero
Me levanté un poco más tarde, pero no mucho, algo después de las 5 de la mañana. Atig me propuso ir a tomar un té, en unos de los portones de entrada a la universidad. Era un lugar muy agradable, la casa de una señora que servía té y café para los locales. Aprendí a agradecer en hindi (shukrya). Volvimos y fuimos al desayuno formal con los demás.
domingo, 1 de febrero de 2009
Viaje a India - 1 de febrero
sábado, 31 de enero de 2009
Viaje a India - 31 de enero
Mientras los cuervos gritaban, me dediqué a leer un poco y luego a escribir este diario. A las 6 am paré para bañarme y pasé a la sala donde se servía el desayuno (café, dos huevos, dos rodajas de pan y manteca). A las 7.30 salimos de nuevo para el aeropuerto de Calcuta. En las calles, los bengalíes barrían sus veredas con movimientos rápidos y frenéticos, usando un puñado de hojas de palmera, secas y atadas, lo que los obliga a agacharse más que en el uso de nuestras escobas.
Mientras esperábamos la hora de embarque, compramos unos pasajes aéreos para asegurarnos el viaje a Delhi, a la vuelta de Shillong. En la puerta de embarque nos encontramos con un grupo de profesores del Centre for Studies in Social Sciences de Calcuta, que viajaban con nosotros. El vuelo salía a las 10 y era en Jet Airways, una aerolínea local (la mejorcita de las cuatro que usé en India). Demoró, más o menos, una hora hasta el aeropuerto Gopinath Bordoloi de la ciudad de Guwahati. Es que no íbamos directo a Shillong, no tiene aeropuerto. El más cerca esta en Guwahati, que queda en otro estado, a unas 3 horas en automóvil. Otra alternativa es volar hasta Guwahati y de ahí tomar un taxi-helicóptero hasta Shillong. No era una opción carísima, creo que un profesor que viajó solo en otro vuelo lo hizo, pero a nosotros nos llevaron en dos camionetas.
Continuamos. En las rutas, los indios no manejan mucho mejor que en las ciudades. En Calcuta había percibido que todos los autos tienen marcas de choques, sobretodo pequeñas marcas en los laterales. Se choca con bastante frecuencia, no suelen ser situaciones muy graves: desde dentro del auto los conductores se insultan durante unos minutos, parando el tránsito mientras todos los que están detrás tocan bocina y también insultan. Pero no hacen ningún tipo de ritual formal de intercambio de datos, patente, póliza de seguro, ni nada de eso. Simplemente se insultan un momento y continúan. Vi varios de esos choques, y me tocó vivir dos en carne propia. En el primero me asusté un poco, en el segundo ya no. En las rutas, en cambio, la cosa es más grave. Percibimos eso rápidamente en el camino de Guwahati a Shillong. Después del almuerzo estábamos comentando lo mal que manejaban en las rutas y lo extraño que nos resultaba que no chocaran. No habíamos terminado de discutir ese tema entre los latinoamericanos cuando la respuesta se nos impuso de un modo bastante brusco: un camión cruzado en la ruta, una moto desparramada en la acera y un cadáver de una mujer entre la moto y el camión. No volvimos a tocar el tema por varios kilómetros.
Unas horas más tarde llegamos a la North-Eastern Hill University, previo paso por la ciudad de Shillong. Estaba cayendo el sol sobre el lago. Ahí nos enteramos que ni siquiera estaríamos en Shillong, sino en un campus ubicado a unos pocos kilómetros, en medio de un bosque muy bonito. El auto se detuvo en la New Guest House y nos explicaron que debíamos separarnos. Sabina y Diana tendrían una habitación allí, a nosotros nos llevaban a unas cabañas que quedaban más cerca del Seminar Complex (donde se realizaba el Workshop, los desayunos, almuerzos y cenas). Nuestra ubicación era mejor, porque la distancia era fácilmente caminable y teníamos más libertad de ir y venir a cada rato. Shillong era un lugar de montaña, estábamos en pleno invierno y hacía bastante frío. Las cabañas eran también frías, pero estaban bien. Supe que me habían asignado como roomate a Atig Ghosh, un historiador de Calcuta que está haciendo el doctorado en el Colegio de México. Me bañé, fui a cenar, pero no estuve mucho tiempo. Nos fuimos todos a dormir temprano.
viernes, 30 de enero de 2009
Viaje a India - 30 de enero
Si nuestros oídos estaban saturados, no era diferente la suerte de la vista y del olfato. En el largo trayecto que nos condujo hasta el lugar en el que dormiríamos, las imágenes pasaban caóticamente: los viejos taxis amarillos (todos Ambassador Clasic 1500, de Hind Motors) se alternaban entre ómnibus superpoblados, bicicletas, carretas a tracción humana y peatones. En vano las calles están saturadas de carteles de la Kolkata Traffic Police, pidiendo respeto a las normas de tránsito o prohibiendo el uso de las bocinas. Ropas de todos los colores colgadas en la calle, mujeres lavando ropa en la acera de los ríos, las vacas sagradas tomando agua de esos mismos ríos, basura y contaminación por donde se mire, perros flacos y muchos cuervos.
Atravesamos casi toda la ciudad, hacia el sur, hasta llegar a la casa en la que pasaríamos esa noche. El lugar, que ahora pertenece a un instituto de ciencias sociales, era la residencia familiar de un historiador hindú, Jadunath Sarkan. Una casa enorme, de varios pisos, que fue donada por su mujer y aún conserva intacta algunas partes, entre ellas su biblioteca. Nos acomodaron en tres cuartos, yo fui el único que recibí uno individual. Kamalika vino hasta mi cuarto y me explicó cómo funcionaban algunas cosas. Si no le entendí mal (aún no estaba completamente habituado al inglés hindú), pidió disculpas porque el cuarto no tenía las comodidades a las que supuestamente estaba acostumbrado. Yo no supe articular una respuesta que expresara lo poco que me importaba en ese momento el confort y lo mucho que estaba agradecido por el trato. No sé si me entendió. Me explicó que en 25 minutos debía estar en la sala para ir a comer.
jueves, 29 de enero de 2009
Viaje a India - 29 de enero
Ahora empezaba la travesía aérea con larguísimas esperas en cada escala. En Guarulhos, la primera escala, que creo será la menor de todas, fue de 4 horas. El check-in ya me colocó en un clima árabe, cuando me atendió una muchacha con túnica en los mostradores de Emirates.
El avión era un abuso de tecnología. Intentaba develar lo que era -para mí- un complejo sistema de autogestión con monitor interactivo, mientras un japonés, que estaba sentado cerca, me humillaba tocando la pantalla y haciendo con ella prácticamente lo que quería. O al menos así me parecía. Entre el japonés y yo había un asiento vacío. Supe que era japonés porque le pregunté de dónde era. Me respondió “Japan”, y fue la única palabra que me dirigió en todo el vuelo. Antes de despegar, una azafata nos trajo paños tibios embebidos en perfume. Agarré uno, comencé a observar que los árabes se limpiaban la cara. Repetí el ritual. Hasta que trajeron la comida estuve viendo noticias de la BBC, los resultados del día del Australian Open, configurando mi playlist de música para el viaje y eligiendo las opciones del menú, ahí en la pantallita. El vuelo era una buena metáfora de mi destino (Dubai): paños tibios y comunicación satelital, tradición y tecnología.
El aeropuerto es inmenso, y los medios que conectan cada área son muy largos: largos los pasillos, largas las escaleras mecánicas, largos los corredores mecánicos.
Muchísima gente duerme en el piso, aún habiendo sillones muy cómodos. Se acomodan junto a sus equipajes, descalzos y generalmente se tapan con alguna manta. Pasé un buen tiempo contemplando mujeres: los trajes, los velos, los tatuajes en las manos, los accesorios. Algunas parecían arbolitos de navidad.
miércoles, 28 de enero de 2009
Viaje a India - 28 de enero
Salí de casa con Vinícius a las 16.00, tarde como siempre. Temíamos por el tránsito que se genera en la linha amarela, autopista que conecta el centro con la zona norte de la ciudad, por la cantidad de gente que sale del trabajo. Para colmo llovía: cuando llueve en las calles de Rio da la impresión que uno ve más autos que personas. En verdad para mi no era tarde. Iniciaba mi travesía aérea a las 20.00 en un vuelo de TAM que me llevaría hasta el aeropuerto de Guarulhos, en Sao Paulo. Vinícius, en cambio, tenía su vuelo más temprano, hacia Congonhas, el otro aeropuerto paulista. Él salía de la terminal de vuelos locales, nos despedimos y continué caminando solo hacia la terminal internacional. Así comencé otro viaje solitario.